Diana Morales

Orgullo de la Baja
Diana Morales

“Aunque haya momentos en los que no tengo ganas, ya sea de entrenar, competir o si le tengo miedo a algo, siempre hay que intentarlo. Nunca se rindan, intenten más, no quieran quedarse donde mismo”.

Diana Morales, 14 años

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A sus 14 años, la atleta bajacaliforniana comparte cómo el taekwondo transformó su vida, sus batallas contra la presión y el sueño intacto de llegar a la selección nacional.

Un inicio inesperado: Del baile al doyang


La historia de Diana Morales con las artes marciales no empezó por elección planificada, sino por curiosidad. A los cinco años, mientras asistía a clases de danza, se descubrió a sí misma imitando los movimientos de los alumnos de taekwondo que entrenaban al lado. “Le dije a mi mamá: ‘Me quiero meter a taekwondo, quiero intentarlo’”, recuerda Diana. Tras una clase de prueba, su profesor detectó un talento innato inmediato. Ese día cambió las zapatillas de baile por las patadas y el dobok.

Sin embargo, el camino no fue sencillo al principio. En sus propias palabras, Diana era una niña inquieta y rebelde que solía canalizar mal su energía e incluso frustrarse rápido cuando no ganaba. El taekwondo se convirtió en su mejor maestro de vida: “Me enseñó a ser más disciplinada, a tener autocontrol[...]me ayudó a crecer no solo en el deporte, sino también como persona”. 

Hoy en día, el taekwondo lo es todo para ella. Lograr destacar a nivel competitivo exige un nivel de compromiso que desafía la rutina de cualquier adolescente. Un día típico para Diana comienza a las cinco y media de la mañana para ir a la escuela, y tras salir a las dos de la tarde, el trayecto hacia el Centro de Alto Rendimiento (CAR) inicia casi de inmediato.

Sus entrenamientos principales duran tres horas diarias (de cuatro a siete pm), complementados en ocasiones con gimnasia hasta pasadas las nueve de la noche. Cuando entrena en su doyang local, mantiene la misma intensidad.
 

El debut dorado y las lecciones del tapiz

La primera gran prueba de fuego para Diana llegó a los nueve años en Puebla. A pesar de ser un campeonato nacional, su enfoque mental fue su mejor arma: “Me metí el chip de que era una competencia normal y que iba a ganar”. El resultado de esa mentalidad fría y decidida fue colgarse su primera medalla de oro.

    A pesar de ese brillante inicio, el deporte también le ha enseñado el amargo pero necesario sabor de la derrota. El año pasado, en la Olimpiada Nacional —la justa más competitiva del país— una derrota en la modalidad de Versus contra una competidora de Yucatán la dejó con un tercer lugar y un sentimiento inicial de decepción. No obstante, esa experiencia transformó su visión competitiva:

“Aprendí mi lección, no me debo confiar. En vez de darme para abajo, le debo meter más. Ahora, aunque no supere a la otra niña, mi meta es superarme a mí misma; si saqué esta calificación, ahora voy por más”.

Superando   los   retos    en   busca   del  sueño    nacional
    
    El camino del alto rendimiento está lleno de obstáculos físicos y mentales. Para Diana, las lesiones constantes y la presión psicológica del público en contra son los retos más complejos. Para combatirlos, ha desarrollado sus propios rituales: respiraciones profundas antes de entrar al tapiz y pequeños golpes en sus extremidades como un recordatorio físico para indicarle a su cuerpo que es momento de dar el 100%.

    Inspirada por figuras locales como la medallista mundial Fernanda Jiménez y el multimedallista nacional Carlos Sosa, Diana tiene la mirada fija en el futuro. Sabe que competir contra seleccionadas nacionales y campeonas mundiales es un reto enorme, pero no imposible.

    Con el apoyo incondicional de sus padres y entrenadores, Diana Morales sigue entrenando duro con ligas, polainas y peso, convencida de que los valores principales de su disciplina —el autocontrol y la perseverancia— la llevarán a cumplir su máximo objetivo: vestir los colores de la selección nacional y representar a México en el mundo.

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